BENET EN CASA

BENET EN CASA

BENET EN CASA

 

 

FELIX DE AZUA

 

            Llegó, pues, con la bufanda enroscada al cuello, y me invitó a entrar en su casa. Y así como su figura iba gritando las peculiaridades internas de su juicio y entendimiento, pero también buena parte de los caracteres de su arte a quien quisiera oírlos, así también su casa, como construcción plenamente voluntaria de un escenario personal y dramático para uso propio y de su familia, mostraba de unmodo impúdico cuál era el juicio de Benet acerca de cuestiones tales como el decoro, la presencia, la representación,la imagen, la autoridad, la sintaxis, lo privado y lo común, y otros asuntos que atañen tanto al arte de vivir como al arte de escribir y a todas las artes, pues una es la retórica, como una sola y resplandeciente es la verdad.

           Quien haya tenido ocasión de ver a Juan Benet en persona, habrá comprendido, en una parte notable y por vía intuitiva, la hyhris de su juicio y también la esencia íntima de sus alargadas, retorcidas, salomónicas oraciones, esa peculiaridad de su maniera que tanta influencia ha tenido sobre los escritores más jóvenes. Y si no tuvo ocasión de verlo con vida, podrá verlo en fotografía o en los múltiples reportajes y entrevistas visuales que se han conservado de él y que, por cierto, habría que recoger en un vídeo unitario, aunque sea pedir la luna en un país, me refiero a España, que desprecia a sus mejores contribuyentes. Pero su casa, el chaletito de la calle Pisuerga, ya es más difícil que llegue a verla, o que la vea con la escenografía que Benet se construyó para disfru te propio y de sus amigos y familiares.

            La casita de la calle Pisuerga, de aspecto vagamente racionalista, fue amueblada de un solo golpe y ya no cambió más que en cuestiones de detalle. Yo la vi idéntica a sí misma a lo largo de veinte años, imponiendo la férula de lo que sin duda fue una decisión artística de Benet en los años setenta, a los sucesivos benets de los años ochenta y noventa.

Fue la casa lo que en innumerables ocasiones determinó el comportamiento y la escritura de Benet, como a todos nos sucede, lo sepamos o no, pues es bien conocido que un hombre angelical llegado de algún lejano pueblecito sureño a la capital de España se transforma en un feroz navajero por el mero hecho de habitar una chabola a temperatura madrileña y verse sometido a la férula de su casa o habitación, por no hablar del pago del teléfono. Todos estamos determinados por nuestra vivienda, la cual, como su nombre indica, es una entidad que produce vida, o mejor aún, que produce vidas. Es algo demostrado.

            En la casa de Benet se cruzaban, de nuevo, los dos órdenes estilísticos que marcaron su prosa y su existencia con una tinta indeleble. El chaletito de dos plantas y sótano (y deberemos volver sobre él, sobre ese sótano), más un breve jardín sin apenas uso, y otro discreto patio frontal para el acomodo del magnolio que ocultaba la entrada, tenia una peculiar aura de independencia. Era un chalet autista. Incluso ahora se me hace imposible recordar las casas adyacentes. ¿Las había? ¿No despedía, el chalet de Pisuerga, un fulgor propio, como el de las casas de Anthony Perkins, que lo mantenía aislado en su narcisismo maligno? ¿Podía realmente convivir aquella vivienda? Son preguntas que todavía hoy me puedo hacer una y otra vez. El aislamiento, el carácter insular de la casa de Benet es indudable.

            El interior de aquella resplandeciente (aunque maligna, insisto: miltoniana) soledad que sólo puede pensarse en términos nocturnos (yo creo que nadie recuerda esa casa de día ) era un híbrido, tercamente buscado, de aposento británico ochocentista y de celda monacal en el otoño de la Edad Media. Dos modelos de habitación perfecta, rotundamente incompatibles, que mostraban en otro y más augusto registro el doble y fundamental constructo del juicio de Juan y de su escritura, la residencia de una reflexión apoteósica y directamente apuntada contra Dios y el inmediato e irónico descenso a la caricatura de lo moderno, en este caso construido como confort.

            Algún visitante hubo que, habiendo sólo visitado la planta baja, se quedó con el sentimiento de que Juan llevaba la vida convencional de un coronel de colonias retirado en el Londres de Sherlock Holmes tras una carrera brillante y bien pagada. Si le hubieran permitido subir hasta la planta noble, lo que a muy pocos estaba reservado, habría descubierto la celda de un atormentado escolástico y hubiera podido observar el desorden caótico que transpira toda lucha contra la Omnipotencia Eterna. Montañas de libros desplomados alfombraban el suelo en rara mezcla con rollos de papel virgen polvoriento, una peculiar máquina de madera someramente luliana presidía la diminuta celda, ilustraciones y planos cabalísticos se veían por las apretadas paredes clavados con chinchetas, el banco mismo donde obraba el metafísico estaba situado de cara a la pared; en fin, se daba allí toda la muebladura de un laboratorio tal y como puede uno imaginar el gabinete del doctor Fausto.

            Allí Benet alzaba el vuelo ad astram y atormentaba y retorcía sus frases tratando de subir más alto dándoles otro giro, imponiendo una subordinada más, otra metáfora a las oraciones desproporcionadas y satánicas hasta que el vuelo se mostraba no sólo imposible sino indecente, y entonces emprendía ese regreso precipitado y salomónico, en hélice alrededor de su propio cuerpo o frase en una caída libre a la que ya tantas veces he hecho referencia. No bien pisaba el suelo, sin embargo, con pies de algodón, sudoroso y confuso, cegado aún por la proximidad de la luz, emprendía el veloz descenso de la escalera como arrastrado por la inercia de la hélice y aterrizaba en el saloncito de la planta baja, donde le esperaban siempre sus amigos, decenas de amigos, algunos de los cuales vivían permanentemente en el saloncito y allí dormían y se llevaban ropa de muda para vivaquear más cómodamente, y con el tono carrasposo de quien acaba de regresar del desierto y trae aún la arena incrustada en los ojos y en la lengua, nos proponía una botella de vodka, de snapps, de cazalla, y, tras la ruidosa negativa, mostraba dos botellas de whisky, una en cada mano, alzando los brazos en la uve de la victoria.

            De modo que todo aquel que sólo le hubiera visto en elsaloncito, se quedaba con la impresión de que Benet era un escritor hacendoso, a la manera británica, un constructor de bonitas (o perversas) historias para los días de lluvia, un fantaseador de vidas y psicologías, uno de esos embaucadores elegantes y discretos que no levantan la voz en las reuniones pero cuando lo hacen dicen la frase exacta, discreta, ingeniosa que todo el mundo repite luego durante una semana. Ese arquetipo que han inventado el suplemento literario del Times y la BBC para que la provinciana sastrería de Bond Street pueda competir con la sastrería cursilísima de la Rive Gauche.

            Pero aquel otro que por venturosa ocasión (seguramente alcohólica) sólo le vio bregando en su celda del  segundo piso, mascullando frases de negra hechicería contra la  Altura, mientras golpeaba la máquina de escribir como si contra ella fuera dirigida su cólera, siendo así que, en realidad, era contra el cielo inclemente y padrastro, ese tal, digo, se quedaría con el sentimiento de que Benet era una poscarnación de algún brujo teutónico conjurador de las oscuras fuerzas naturales, un explorador de la enseñanza dejada por aquellos titanes que aún podían plantarle cara al Amo de los signos celestes. Y también un energúmeno y un maleducado, uno de esos escritores que gritan en las reuniones, no dejan hablar a nadie, se emborrachan, vomitan sobre la anfitriona, le quitan la palabra al invitado más relevante, tratan de imponer su criterio cuando a nadie le importa el criterio de ninguno sino pasar el rato civilizadamente, y se van insultando a la concurrencia y pellizcando a la criada. En fin, uno de esos escritores mediterráneos y americanos, genialoides, atiborrados de teoría y raquíticos de ideas, que se matan por una beca o una subvención administrativa mientras aullan su independencia y ferocidad revolucionaria.

            Pero Benet no era de ésos. El sótano del chalet de Pisuerga, donde estaba instalado el comedor de todos los días, daba la nota final, el acorde perfecto, la dominante que esclarecía los oscuros rincones del gabinete fáustico, al tiempo que ensombrecía los demasiado claros del saloncito británico. En aquel sótano donde apenas penetraba la luz del sol si no era por el frío chorro de un ventanuco rasante con el patio de entrada, en aquella cueva teñida por el verde retinto del magnolio y en perpetua iluminación artificial, Benet se reunía con la familia y oficiaba de pater. El sótano era un ámbito sereno, reconciliado, trascendente, y sin un solo libro en las paredes o por el suelo. Allí no penetraba la literatura, ni el mal. Y no por falta de ganas: en los últimos años se había ido instalando, con el crecer de los niños, un aparato de televisión de tamaño regular, pero yacía olvidado de todos, generalmente encendido en el fondo de una recámara sin que nadie hiciera el menor caso de las majaderías que supuraba. Cuando la sobremesa se alargaba, a la quinta o sexta cafetera, al noveno o décimo whisky, alguien se apartaba de la incomodísima mesa de obra, y como con descuido se retiraba al cuartucho adyacente donde el televisor proseguía su monólogo descoyuntado y pelmazo. Yacía allí el comensal en purificación transitoria observando la maldad, y regresaba como nuevo al cabo de un cuarto de hora, tiritando de frío y horror. Se sentaba a la mesa y se reconfortaba con un nuevo café, un nuevo whisky, o ambas cosas.

 

            El sótano era el lugar convivencial y oral, el habitat de la fidelidad, en donde el tiempo, no siendo eterno porque era un tiempo de humanos, no dejaba de ser, sin embargo, interminable. Es el tiempo en común, llamado también el tiempo de la «puesta en familia». De una portezuela lateral que comunicaba con la cocina iban saliendo bandejas de macarrones o de morcillas, cestillos con pan cortado, platos de arenques y patata en aceite, lechuga abundantísima, ternera empanada, sardinas en lata, rábanos, uva, queso de cabrales. Y jarra tras jarra de vino tinto. Aquello podía durar entre seis horas y dos meses.

 

            Sólo en una ocasión creo haber hablado por teléfono desde el sótano, un acto contra natura porque allí sólo estaban los que había, si se me permite la expresión, y el resto del mundo era algo lejano y vago. Hablé entonces con uno de los más grandes escritores castellanos de la actualidad y cuando más tarde me reuní con él en un hotel palaciego de Madrid, tras señalar a los presentes, muchos de ellos calvos, con gesto hastiado («mira», exclamó, «todos delincuentes»), quiso saber desde dónde le había llamado por teléfono. «¿Por qué?», le pregunté. «Es que me pareció que hablabas desde el otro lado de la muerte», respondió, y entonces supe que el sótano de Benet era una catacumba; un lugar previo a algo o posterior a todo; el lugar en donde las contradicciones y la dialéctica pierden su dentadura.

 

            Éste era el valor del sótano y la armonía de la «puesta en familia» que propiciaba. En el ejercicio diario de su combate contra la Altura (que acababa por precipitarle en lo más bajo y rastrero) Juan había logrado superar lo actual, la actualidad, o quizás habría que decir las actualidades. Cuando nos reuníamos en aquel sótano éramos hombres y mujeres libres de muerte, como los primeros cristianos, antes de que la luz del sol determinara jerarquías propiciadoras de conflicto. No sabíamos entonces que era la confluencia de un lugar excepcional, la catacumba de Pisuerga, con un buen gerente de lo intempestivo o atleta de las alturas y bajuras (Benet), lo que propiciaba la reconciliación y la huida de las actualidades que son el abismo por el que nos precipitantes todos, día tras día, en la muerte. Allí nunca se habló de nada actual, de ninguna actualidad. Absolutamente. 

            Algo semejante tiene lugar cuando desaparecen los abuelos: aquellos primos y tíos a quienes unía el lazo de sangre inventado por los abuelos, se disgregan faltos de la fuerza unificadora que sólo puede ejercer una autoridad natural, y dejan de verse para siempre jamás. Venga el recuerdo de  aquellos días (o noches, o días, porque eran lo mismo) transcurridos en la catacumba de Pisuerga, comentando lo inactual e intempestivo, a hacer más llevadero el descubrimiento tardío de lo que daba Benet calladamente o incluso sin saberlo, a saber, la comunidad y la fidelidad prerro mánicas. E imagino, como si lo estuviera oyendo ahora mismo, a Benet diciendo con su habitual sarcasmo (el del segundo piso): «¿Así que yo daba comunidad y fidelidad prerrománicas? ¿Eh?» Pues si, eso creo, a pesar de todo. Si volvemos ahora al estilo de Benet, que es lo relevante para sus lectores y no los recuerdos triviales de algún conocido suyo que yo me he permitido incluir en este prólogo, he aquí lo sorprendente: que en la imposible convivencia de órdenes elevados y rústicos, que en la enorme tensión que genera cada una de sus salomónicas frases, que en la fuerza que esa tensión despliega párrafo a párrafo y en la desesperada soberbia con la que Benet construye su monumento en espiral a lo intempestivo, hay siempre, en todo momento, un flujo subterráneo, sereno y convivencial, fiel a la tradición oral y a la memoria común, que perora pausadamente como desde una catacumba, sobre los lugares habitables de este mundo, es decir, sobre la gloria. Pues no otra gloria conocemos ni conoceremos que la gloria terrestre, la de nuestra tierra nutricia. Y a pesar del retorcimiento y la tensión en que se cuecen, todos los libros de Benet tienen el mismo motivo: la fidelidad y la entereza con la que algunos hombres y casi todas las mujeres sobreviven a su propia destrucción. Creo que ése fue el motivo que le llevó a elegir como escenario obsesivo la carnicería española de 1936, porque en el más fosco de los espantos fue posible (o él habría querido que fuera posible) alguna claridad convivencial e intempestiva. Y así son los libros de Benet: la mejor prosa posible para la mejor vida de algunos mortales.

Archipiélago, 1994