La literatura fantástica en español

 

 

Ana María Morales
UNAM-FFyL

Lo fantástico -ente evanescente, inasible, indefinible, género inestable o categoría inefable, compromiso de lectura o condición a priori del conocimiento- se presenta bajo mil caras distintas que en ocasiones van de la mano del pastiche más barato y en otras definen las características de la más alta literatura. La cuestión puede ser que nos hemos acostumbrado a llamar fantástico a toda ficción que no juegue a ser mimética y, por ese camino, hacemos entrar en el mismo cajón de sastre a mitologías -funcionales o desfuncionalizadas-, relatos de código proclamadamente autónomo -lo mismo obras de ciencia ficción que de fantasy-, relatos policiacos, comics y cuentos de hadas, utopías -filosóficas o científicas-, sangrientos relatos de horror y poéticas descripciones oníricas.
Tal vez esta mezcla variopinta sea la razón por la que el discurso teórico sobre lo fantástico haya dedicado tantas y tantas páginas a la búsqueda de su especificidad frente a otros géneros y modalidades discursivas relacionados y a la reflexión sobre sus límites: hablar sobre lo fantástico siempre crea expectativas sobre las delimitaciones, obliga a hablar de fronteras, de deslindes, de límites entre dominios, entre estéticas, entre modos discursivos, incluso, por engañosa que pueda resultar tal postura, entre maneras de apreciar un fenómeno desde distintas perspectivas. Y por ese camino nos encontramos recorriendo la senda de Todorov, que puede hacer que lo fantástico sea un territorio tan estrecho que abarca lo mismo que una duda, y junto con él la de tantos otros: Roger Caillois y su periplo de lo maravilloso a lo fantástico, y de regreso; Ana María Barrenechea y su fina corrección al esquema todoroviano; Maurice Levy y su búsqueda por lo fantástico en los territorios del horror, Louis Vax y sus descripciones de territorios afines, yo misma en desesperada lucha por el deslinde.
Sin embargo, sin que importe mucho cuanto queramos alargar las cosas, creo que a estas alturas hay al menos dos certezas: por una parte, en la que atañe a la especificidad del modo de narrar, el reconocimiento de que lo fantástico sólo aparece cuando dentro de una obra en la cual se ha codificado la realidad intratextual como realista o mimética se presenta un fenómeno que puede ser percibido como una manifestación que en apariencia viola las leyes sobre las que se asienta el presupuesto de realidad de ese mundo textual. La reacción que puede suscitar la presencia de ese fenómeno varía mucho en intensidad y en violencia -lo fantástico no produce meramente miedo, lo que la literatura fantástica busca es desazón, inquietud, extrañeza-, pero la confrontación de sistemas alternativos de funcionamiento de realidad es una constante. La segunda certeza -tal vez sería más correcto decir el segundo consenso- ya no se refiere a lo fantástico en general, sino a un asunto directamente relacionado con la presente antología: la mejor literatura fantástica, la más vigorosa y conocida, la que se encuentra explorando nuevos caminos y recorriendo los clásicos en estos momentos es la que se escribe en español.
No siempre fue así. Los orígenes de la literatura fantástica pueden rastrearse en la crisis producida por la confianza del hombre en su razón como instrumento suficiente para interpretar el mundo y la consiguiente creación de sistemas de mundo donde las leyes de la realidad se convierten en inflexibles, y por lo tanto en violentables, y su consiguiente fracaso para explicar aspectos de la realidad que se escapa por los intersticios de la razón. En la crisis que abre paso a las grandes dudas que deja en la conciencia humana la progresiva pérdida de algunas certidumbres religiosas. Puede también buscarse en los inicios del romanticismo y algunos de sus mitos: el artista visionario que puede entrever una realidad más esencial a través de la capa aparencial que es el mundo, la validez de instrumentos diferentes a los físicos o de la razón para comprender la realidad -el sueño, las drogas, los estados alterados de la conciencia-; el rebusque en historias y creencias antiguas que resurgen como parte de un mundo amenazador o inquietante del que apenas teníamos noticia por estar convencidos de que la razón nos ayudaba a conocerlo todo. Y con esto nos colocamos a finales del siglo XVIII y vemos que apenas inmediatamente después de la novela gótica -llena de tragedias, de espectros y demonios, ubicada el exóticos castillos italianos o agrestes sierras españolas o lituanas- aparecen E.T.A. Hoffmann y Charles Nodier si bien es cierto que muchas de sus historias aún conservan el aire de la maravilla extravagante, otras tantas cuentan una historia menos grandiosa, cotidiana, citadina, narran hechos que se transforman en anómalos y fantásticos con pura sintaxis narrativa, con una operación que ahora se antoja simple de yuxtaponer la cotidianeidad a lo extraño y sobreponer perspectivas. Así, en "El hombre de arena" no es tan importante la conciencia de que hay un personaje folclórico que se dedica a poner arena para que los párpados de los niños se vuelvan pesados y se duerman, lo es más la particular yuxtaposición que hace Nataniel de esa figura con la de un abogado perverso y un inventor equívoco. Con relatos en los que se mezclan los sucesos extraordinarios con un entorno buscadamente ordinario, lo fantástico fragua sólidamente y ya no abandona las literatura. Charles Nodier, por su parte, se abruma en la búsqueda del los orígenes de la fantasía, mientras permite que, en "Smarra o los demonios de la noche", el sueño -la pesadilla- sean más reales que el mundo representado como real. Es decir, lo fantástico surge en la intersección en la que lo maravilloso abandona el camino de los mitos y la confianza para adentrarse en el del ser humano y sus inquietudes.
Es por razones como las anteriores que se dice que el siglo XIX es el del relato fantástico. Antes o en los albores del siglo, Jacques Cazotte, Adalbert von Chamisso, Walter Scott y Jan Potocki ya habían sentado bases muy firmes para lo fantástico. Entonces aparece Hoffmann y después del alemán -muchos de ellos precursores, seguidores o coincidentes, porque el escritor nunca está solo y siempre forma parte de una tradición-, los nombres empiezan a acumularse y encontramos a Charles Nodier, Théophile Gautier, Honoré de Balzac, Nicolai Gogol y Prosper Mérimée entre los europeos y a Washington Irving, Nathaniel Hawthorne, Ambrose Bierce y Edgar Allan Poe -el siguiente gran hito en la literatura fantástica- en Norteamérica. En ese momento de grandes escritores fantásticos no es posible omitir a Dickens, a ambos James -Montague Rodhes y Henry-, Vernon Lee, Gerard de Nerval, Robert Louis Stevenson o Alexis Tolstoi ni, para terminar el siglo, a Arthur Machen, Guy de Maupassant, Auguste Villiers de l'Isle-Adam y Rudyard Kipling entre un larguísimo etcétera que no trata de encubrir que se acabaron los nombres sino de admitir que no soy exhaustiva por temor a dejar fuera alguno ineludible.
Pero, en esta lista, ¿dónde están los nombres de los escritores en lengua española? En muchas ocasiones olvidados o desconocidos, incluso para algunos que se consideran estudiosos del tema; en otras, en los márgenes de lo que las distintas literaturas nacionales en lengua española consideran no sólo serio sino importante. Es el canon aceptado que dice que en español no se escribe literatura fantástica, que la literatura española es realista. Es verdad que las cosas están cambiando, pero hay que reconocer que lo hacen lentamente. Se ha dicho en muchas ocasiones que la Antología de la literatura fantástica que Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo publicaron en 1940 es un hito en la difusión y validación de lo fantástico para las literaturas de Hispanoamérica y España. Varios autores han señalado el año de la aparición de esta antología como el de comienzo del auge del relato fantástico en América Latina. Podría decirse "que antes de la Antología la narrativa fantástica se ubicaba marginalmente, tanto en el conjunto de la obra de los autores que la cultivaban como en la literatura de lengua española en general", pero después de ella -claro, no sólo debido a ella-, lo fantástico se convirtió en una de las señas de identidad de la más conocida de la literatura de América Latina: hoy en día no es posible decir fantástico sin que de inmediato surjan los nombres de Borges, Cortázar o Bioy Casares, José Bianco, Enrique Anderson Imbert, Silvina Ocampo, Amparo Dávila, Carlos Fuentes, Elena Garro, Juan José Arreola, Francisco Tario.
Estos son los autores de las grandes décadas del siglo XX, los que han recibido mayor atención crítica y de lectores, los que en muchos casos han llevado lo fantástico a un primer plano y se ha reconocido a este rasgo como uno de los que marcan su excelencia, pero no son ni los únicos ni los primeros, hay muchos otros que lentamente se dejan rescatar de entre el olvido, de la mano de una búsqueda que no pretende regenerar ningún canon de literatura sino completarlo. En el Río de la Plata -una excepción en lo que se refiere a la adscripción de lo fantástico a su canon de gran literatura- aparecen Juana Manuela Gorriti, Eduardo L. Holmberg, Miguel Cané, Leopoldo Lugones -quien tanto debe Borges-, Eduardo Wilde y Horacio Quiroga -autor de relatos fantásticos que nada tienen que ver con la imagen de literatura de la selva con que se le relaciona-; en México -una de las literaturas con grandes y muchos escritores fantásticos, pero tradicionalmente considerada realista, a pesar de que aquí surge lo fantástico casi antes que en España y antes que en el Río de la Plata- hay que mencionar a Guillermo Prieto, Manuel Riva Palacio, José María Roa Bárcena, Alejandro Cuevas, Bernardo Couto Castillo, Carlos Díaz Dufoo, Amado Nervo y muchos más. Y así los nombres podría seguir acumulándose, repartidos por toda América: Rubén Darío, Eduardo Blanco, Julián del Casal, Clemente Palma, José María Eguren, Alfonso Hernández Cata, José Asunción Silva; en tanto que en España se rescata a Gustavo Adolfo Bécquer y se le hace ir de la mano de Benito Pérez Galdós y Emilia Pardo Bazán por caminos fantásticos que recorren junto a Luis Valera, Antonio de Hoyos y Vinent, Pedro Antonio de Alarcón, Clarín y casi todos los narradores de la generación del 98 que, realistas o no, dejan un respetable corpus de literatura fantástica. Con el rescate y reconocimiento de todos ellos, y tantos otros que no es posible mencionar en este breve prólogo, culmina una etapa aún muy fecunda para el descubrimiento y la crítica de lo fantástico en español.
Siendo esta la base de la literatura del siglo XX y revisando los autores que ya nombre, y a los que habría que sumar algunos como José Emilio Pacheco, Abelardo Castillo, Julio Ramón Ribeyro, María Elena Llana, Juan Perucho o Cristina Fernández Cubas, ya no se puede dudar de la salud de la literatura fantástica en lengua española. En los últimos años hemos asistido no sólo a un diálogo más amplio y profundo de la crítica con las obras teóricas y a investigaciones más detenidas en la obra de escritores por mucho tiempo relegados, hemos visto como al estudio favorece ahora obras poco frecuentadas del conjunto de escritos de autores que además de a la narración fantástica se dedicaron a otras modalidades literarias y poco a poco se completa un mosaico de literaturas hispánicas en el que lo fantástico es integral. Hoy día vivimos un auténtico auge de antologías, revisiones, estudios y escritores que dan cuenta de que lo fantástico, y en especial lo fantástico en español, es una realidad soslayada pero presente. Creo que todo esto justifica el interés por revisar a donde han llevado esas huellas, a revisar el "día siguiente" del "gran día", el hoy de un género que no deja de sorprender y que no resulta nada ajeno a nuestra lengua. La antología que ahora presenta Plenilunio es una muestra de ello.