Novela breve para jóvenes

 

tema 1.

 

Antonio Berni

 

Delimitación: La búsqueda del Interlocutor

¿Qué es la literatura para jóvenes?

 

 

Lo primero que conviene advertir es que nos encontramos en un terreno resbaladizo y mal delimitado. ¿Qué es la literatura llamada “juvenil”? ¿Qué tipo de lector es el supuesto “joven” al que se dirige? ¿Es ese lector acaso distinto a otro lector cualquiera? Si no lo es, ¿entonces de qué estamos hablando? ¿Es un género la literatura para jóvenes?

Vayan por delante un par de ideas: así como la literatura infantil tiene un clara razón de ser, un papel que jugar (educativo, ilustrativo…) y unas reglas de juego que no pueden ser despreciadas, la literatura para jóvenes no parece obedecer a más razones que las puramente comerciales: en tanto en cuanto los adolescentes han alargado su etapa de formación debido a los nuevos planes de estudio y también a la evolución de nuestras sociedades, ha surgido un público enorme potencialmente comprador de libros, que disponen de gran cantidad de tiempo, a quienes los editores van a intentar capta. El cuño “literatura para jóvenes” o el menos afortunado de “literatura juvenil” surge, pues, de esa realidad. Lo cual no significa, claro está, que no se trate de una edad especialmente importante en la formación de una persona y que los autores hábiles querrán y sabrán sacar partido de ello, en el mejor sentido. Basta sólo formularse una pregunta para situarnos en el terreno que nos ocupará durante las próximas 16 semanas: ¿qué leímos a los 14, 15, 16, 17 o 18 años? ¿Qué tipo de libros nos gustaron, nos ganaron para siempre para la literatura? ¿Con qué pasión degustamos aquellos libros? ¿Cómo los recordamos hoy?

 

 

Algunos textos: EL LECTOR EN FORMACIÓN

Según palabras del escritor catalán Emili Teixidor -autor de una extensa obra narrativa parte de la cual se dirige a niños y jóvenes-:

“Hay libros y autores que exigen mucho y no todo el mundo tiene el coraje cívico necesario para enfrentarse a la exigencia de algunas obras. Pensamos que el lector tiene que formarse; ser buen lector requiere un esfuerzo de aprendizaje, si no, ¿por qué se enseña literatura en las escuelas y universidades, como se enseñan matemáticas o historia? Todo lector, en su carrera por convertirse en un lector adulto, se encuentra en un momento en que ante una obra que le exige más que el simple texto transparente y entretenido, se hace la pregunta de si debe seguir adelante o detenerse y quedar petrificado en un lector que sólo pide a los libros pasar un buen rato. Dar el paso y seguir adelante requiere fuerza, coraje, y la mano de un profesor, bibliotecaria, amigo, crítico…”

Sin embargo, ¡mucho cuidado con ejercer de formador de lectores! Evidentemente, nada enoja más a un lector adolescente que descubrir que tras el libro que lee hay un adulto con voluntad moralizadora o doctrinal. Emilio Salgari dejó claro en sus memorias por qué no le gustaban sus lecturas juveniles:

“Sentía una profunda antipatía por aquella clase de literatura que casi todos los escritores y autores proporcionaban al público juvenil en aquella época. Las insulsas novelas llenas de sentimentalismo, que abarrotaban el mercado librero, no servían para otra cosa, en mi opinión, que para confundir cada vez más la mentalidad de la juventud italiana, que me parecía demasiado débil e inerte. Me parecía que los escritores debían dedicar más esfuerzos a otros argumentos más dignos. Los jóvenes italianos leían ya demasiadas novelas extranjeras, de género sentimental y romántico; tenían necesidad de libros que templasen en ellos el sentido viril, que los preparasen a una vida de independencia, al sentimiento de la libertad personal, que les despertara la afición a los viajes, a los riesgos, a las hermosas aventuras.”

El reverso de la moneda es este hermoso texto de Joseph Brodsky (1940-1996) donde se refiere a la enorme influencia que la lectura ejerció sobre él durante la adolescencia:.

“Si tomábamos opciones éticas, no estaban basadas tanto en la realidad inmediata como en unas normas morales derivadas de la literatura. Éramos ávidos lectores y establecíamos una dependencia con lo que leíamos. Los libros, tal vez por su elemento formal de irrevocabilidad, ejercían sobre nosotros un poder absoluto. Dickens era más real que Stalin o que Beria. Más que ninguna otra cosa, las novelas afectaban nuestras formas de conducta y nuestras conversaciones, aparte de que el noventa por ciento de nuestras conversaciones giraban alrededor de novelas. Había acabado por convertirse en un círculo vicioso, pero no queríamos salir de él.”

 

Por último, otro no menos hermoso fragmento de Isaac Bashevis Singer (1904-1991):

“Los niños, así como buena parte de los jóvenes, no leen para encontrar su identidad, ni para librarse de ninguna culpa, ni para calmar su sed de rebelión, ni para purgarse de ninguna alienación. La psicología no les hace ninguna falta. Se ríen de la psicología. Ellos todavía creen en Dios, en la familia, en los ángeles, diablos, brujas, gnomos, lógica, claridad, puntuación, ortografía… y otras materias tan caducas como éstas. Cuando un libro les aburre, bostezan sin complejos. No piden a sus escritores que rediman a la humanidad, sino que dejen para los adultos esas ilusiones infantiles”.

 

¿ES UN GÉNERO LA LITERATURA JUVENIL?

“Podríamos hablar también de lo que en épocas pasadas se consideraban libros para niños y jóvenes que, cuando no confundían el arte de la infancia con la infancia del arte, producían unos textos moralizantes, didácticos o procedentes de otros géneros como el de aventuras, policiaco o sentimental, que no tenían nada de género específico. Todavía hoy, la literatura blanca de todos los géneros deforma en este nuevo género, ¿o ni género, ni nuevo?, llamado literatura infantil y juvenil. (…)El mito de la adolescencia tiene una historia muy corta. Dicen que la inventó un psicólogo, Stanley Hall, en 1904, y la reafirmó, en 1950, Eric Ericsson, al llamar la atención sobre el papel crucial que tenía en la maduración de los jóvenes, entre los 12 y los 18 años, la crisis de identidad que sufrían y las dificultades con que podían encontrarse. Una de esas dificultades era y es la de escoger entre los modelos problemáticos que ofrece a los jóvenes la sociedad adulta. La literatura juvenil, pues, es un fenómeno reciente. Con poca historia, poca tradición de género, y con frecuencia pocos escrúpulos. Y sin reglas. Por eso nos encontramos con colecciones que mezclan clásicos como Jack London o Vida privada de J.M de Segarra, con obras recientes escritas con voluntad de dirigirse exclusivamente a un público joven. Así contribuyen a borrar los límites de la edad y del género. ¡Entendámonos! No estoy diciendo que un joven no pueda leer a Tolstoi o a Dostoiewski, o a quien quiera si le apetece. Digo que, en general, esos autores no escribieron específicamente para jóvenes, que este nuevo mercado juvenil antes no existía y que ahora sí porque responde a las necesidades de unos lectores adolescentes y que la escolarización obligatoria hasta edades cada vez más altas hace que la lectura no sea ya cosa de pocos: la inmensa minoría que puede leerlo todo enseguida, y la mayoría de jóvenes lectores que no podrá acceder plenamente a Dostoiewski o a Defoe (¡el único autor que Rousseau permitía leer a su Emilio!) si no es de la mano de un buen profesor o de lecturas que le proporcionen satisfacciones más inmediatas que le compensen del esfuerzo y las dificultades graduales que una selección bien establecida debe presentarle.

Ya sé que hay quien opina que sólo cuenta la buena literatura, de cualquier género, y el resto son monsergas. Pero las selecciones, como la pedagogía o la medicina, se ha hecho para ayudar a los que la necesitan. Los sanos pueden pasar con la preventiva y ni eso. Auden decía que un buen libro para niños no es nunca solo para niños. El acento está en la calidad. Y creo que también que dos de las dificultades que impiden a los escolares de hoy una buena aproximación a la lectura son, en primer lugar, la falta de hábito de la lectura en voz alta en la escuela (Steiner tiene palabras muy duras sobre esa carencia, sí como la poca o nula ejercitación de la memoria) y las listas de recomendaciones que, a partir de cierta edad, producen el efecto contrario al que pretenden. ¿Qué caso van a hacer los adolescentes de la recomendación de un libro por parte de una autoridad contra la que empiezan a rebelarse? ¿Con qué interés apasionado aceptarán una lectura que debe suponer un descubrimiento personal, original, inédito, cuando se les ofrecen «los libros que les convienen»? EMILI TEIXIDOR

 

¿LAS REGLAS IRROMPIBLES DEL JUEGO?

 

-La literatura para jóvenes no debe nunca rebajar la calidad. Un buen libro es aquel que, con independencia del lector primero al que va destinado, atrapa a todos los demás.

En palabras de Carlos Pujol hablando de Robert Louis Stevenson:

“La buena literatura infantil, con protagonistas infantiles, siempre es eso, la amena, emocionante y un poco melancólica enseñanza que nos transforma en mayores; en Julio verne y en Kipling, en Mark Twain y en el Peter Pan de Barrie, a través del riesgo y de la aventura el niño descubre los secretos de la vida, el mal, la muerte, su propia personalidad, y en resumidas cuentas, el paso del tiempo. (…) Pero eso es lo que hace el novelista al dar cuerpo a sus ficciones, y cuando se llama Robert Louis Stevenson, ocurre que por obra del arte en estas quimeras todos nos vemos reflejados. Y aún ahora, cuando hace un siglo que Stevenson murió, las peripecias de Jim Hawkins (…)son el modelo de estas figuraciones imperecederas. La isla del tesoro va a seguir leyéndose mientras la humanidad necesite acordarse, como su autor, del niño que éramos”.

-Sin embargo, estamos hablando de una novela DE MAYOR BREVEDAD. Técnicamente, tiene más que ver con la novela corta, con la nouvelle francesa (unas 100-125 páginas de original).

-Es importante que alguno de los personajes esté en la edad del hipotético lector. Es decir, que tenga entre 14 y 17 años. Al establecer algún protagonista con el que el lector pueda identificarse fácilmente estamos acrecentando el interés de aquellos a quien van destinadas. Es importante, pues, ponerse en la piel del lector (más, sin duda, que en otro tipo de literatura) y preguntarse qué cuestiones, qué tratamientos, qué emociones pueden interesarles más que otras.

-Es inevitable referirse a ciertos tabúes con los que tropezaremos: ¿puede este tipo de literatura mostrar el sexo en toda su crudeza? ¿O escenas de violencia extrema? Probablemente no. Desde luego, muchos editores encontrarían graves inconvenientes a la publicación de este tipo de asuntos. Lo cual no significa que debamos hacer una literatura moralista o remilgada, ni mucho menos. De nuevo en palabras de Emili Teixidor.

 

Una literatura que no presenta en toda su realidad el sexo ni la muerte tiene que ser necesariamente una literatura infantil. Eso que es cierto en la literatura infantil, lo es también en la juvenil. Incluso en aquella que pretende hacerse pasar por «literatura para adultos que pueden leer los jóvenes». En esta última, la muerte y el sexo no acostumbran a presentarse en toda su realidad, en su universalidad y crudeza. Por eso las mejores obres del género nos presentan casos particulares psicológicamente accesibles al lector joven, que puedan integrar plenamente en su maduración. Y si no lo hacen así, caen en el moralismo aberrante o en la predictibilidad más aburrida.

 

Una vez establecidas las reglas del juego, no lo pensemos dos veces antes de empezar la partida.

 

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