Barbara Kruger
Escribir directa y abiertamente como mujer, desde el cuerpo y la experiencia de una mujer, considerar seriamente la existencia de las mujeres como tema y fuente artística, era algo que yo había estado muriéndome por hacer, necesitando hacer, toda mi vida de escritora. Me situaba desnuda cara a cara con el terror y la ira; implicaba el colapso del mundo tal como yo lo había conocido, el final de la seguridad, parafraseando a Baldwin otra vez. Hallar ese tipo de escritura, sustentada y ratificada en una comunidad política que estaba creciendo, dejaba salir de mí, como de muchas otras mujeres, una energía tremenda. Sentí por primera vez que se cerraba el vacío entre la poeta y la mujer.
Las mujeres hemos entendido que necesitamos un arte propio: para que nos recuerde nuestra historia y lo que podríamos ser; para mostrarnos nuestras verdaderas caras -todas ellas, incluyendo las inaceptables; para hablar de lo que se ha amortiguado con códigos o con silencios; para concretar los valores que nuestro movimiento sacaba a la luz partiendo de las sesiones de autoconciencia, la manera franca de hablar y el activismos. Pero estábamos -y estamos- viviendo y escribiendo no sólo en el seno de una comunidad de mujeres ( )Adrienne Rich, "Sangre, pan y poesía: la posición de quien es poeta", dentro de Sangre, pan y poesía (traducción de María Soledad Sánchez Gómez; Icaria, Barcelona, 2001)